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Monday, August 31, 2009

BORDER PATROL

Ron English

ROSAURA ABARCA

De nombre me pusieron Lupe, o al menos así me decían. Nací pobre y por lo visto así me iba a morir. Mis padres construyeron la casa con pedazos de basura que fueron encontrando por ahí, en el tiradero de basura que está cerquita de la Ciudad de México. Estaba acostumbrada al mal olor y las abundantes ratas; cuando era chica y llegamos a vivir ahí me daban miedo, pero terminé por considerarlas mascotas, amigos con los que podía vivir o, incluso, una versión alterada de lo que somos los humanos.

–Ya me cansé de vivir aquí –le dije un día a Víctor, mi hermano mayor.

–Vámonos pa’ gringolandia. Nos lleva un amigo, el Tito.

–¿Estás loco o qué? No tengo dinero.

–No hay bronca, el Tito nos da chamba. Así juntamos una lanita, le pagamos y ya. ¿Te avientas?

Me quedé pensando. El Tito era unos de esos abusivos del lugar. Un tipo lleno de tatuajes que desde aquí se enlazaba con otros para ayudar a cruzar la frontera a los ilegales. Por un varo, por supuesto. Era casi casi un pollero.

–¿Y pa’ cuando?

Pude ver la cara de satisfacción de mi hermano.

–El lunes en la madrugada.

–Pero no tenemos visa, ¿cómo vamos a pasar?

Mi hermano me miró serio, después alzó los hombros y se fue.


Entré en la casa, y agarré una escoba. Me puse a barrer con toda la intención de sacar el polvo, pero sabía que era inútil, pues vivía en un basurero. No me importó.

Mi madre yacía en la cama o, más bien, en el petate, recostada por su enfermedad. Sus huesos se habían deformado. El dolor se podía leer en su expresión. Me partía el alma decirle que me iba al norte, pero creí que era lo mejor. Desde allá podría ayudarla más. Aquí no le faltaría quién la cuidara.

–Lupe, tráeme agua, tengo la boca seca.

Lo hice sin chistar. Salí de la casa a buscar una botella de agua entre la montaña de basura. Empecé a cavar con frenesí hasta encontrar una botella entreabierta y regresé con mi madre.

–Mamá, t-tengo que decirte algo.

–Bueno, aparte de fea y gorda, me saliste tartamuda.

Tragué saliva y proseguí.

–Me voy al norte con Víctor el lunes en la madrugada.

–¿Qué quieres que te diga? Pa’ lo inútil que eres, yo que tú me quedaba, pero es tu bronca. Ahí te ves y que Dios te bendiga.



El lunes en cuestión tomé toda mi ropa, que sólo eran unos jeans, unos tenis y tres playeras de distintos colores. Dormí en el piso, como siempre. Alrededor de las tres de la mañana sentí unos empujones en mi espalda.

–Ya despiértate Lupe, ya nos vamos.

Me levanté de inmediato y le di a mi madre un beso de despedida. Agarré la bolsa con mi ropa y estaba a punto de irme cuando mi madre me tomó del brazo.

–Ten –me dio un pañuelo con monedas–, es para ti Lupe, lo cuidas. Es todo lo que tengo. Te amo, hija, cuídate mucho.

Asentí y me fui de casa sabiendo que jamás regresaría.

El Tito nos esperaba junto al montón de basura. El y otros tres hombres estaban observándome.

–¿Esa quién es, Víctor? –dijo el más alto.

–Es Lupe, mi hermana.

–Mírala nada más. Qué fea estás.

Me enojé mucho. Mi hermano comenzó a carcajearse, pero el Tito le dio un zape.

–¡A una mujer se le respeta, par de tarados!

Me sonrojé. Jamás creí que el Tito me defendiera.



Caminamos y nos subimos a una camionetota, como un tráiler. El Tito nos entregó unos cuadernillos con fotografías nuestras. Supongo que eran identificaciones falsas.

–Tú, ven.

Me tomó del brazo y me llevó a la parte delantera del tráiler.

–Usted se va conmigo.

Me quedé muda, pero ni bien me trepé a aquel asiento, mucho más cómodo que el suelo, caí dormida. Al despertar, el Tito estaba junto a mí. En el asiento del conductor iba un tipo de aspecto desagradable, gordo y sudoroso.

–Buenos días, dormilona.

–Buenos días, ¿dónde estamos?

–Estamos cerca.

–¿Qué? Pero si apenas salimos ayer.

–Has dormido demasiado, Lupe.

No hablamos más. Minutos después el Tito se bajó del tráiler. Nos acercábamos a la frontera. Estábamos en un local de refrescos. Pasé al baño y volví a subir.

El resto del viaje transcurrió lentamente y sin problemas hasta que llegamos al punto de cruce. Ahí comenzó la odisea. Un tipo al que el Tito llamó algo así como Border Patrol nos detuvo. Yo no sabía ni jota de inglés, así que puse mi mejor cara de what, como me había dicho mi hermano.

­–Identifications, please.

El Tito tomó el cuadernillo verde y se lo entregó al policía. Cuando se alejó lo suficiente me relajé y recargué mi cabeza en el respaldo del asiento, miré al espejo retrovisor y me quedé congelada: cuatro hombres uniformados revisaban la parte trasera del tráiler.

–Señor –le dije con voz apenas audible al tipo que estaba al volante– están revisando el tráiler.

Antes de que pudiera salir otra palabra de mi boca el conductor arrancó a toda velocidad rompiendo la reja que cercaba aquel lugar. El vidrio delantero se estrelló por el impacto, pero el conductor no se detuvo. Aunque las sirenas comenzaron a sonar, el dolor no me dejaba pensar en nada: mis mejillas estaban llenas de diminutos vidrios que me causaban un malestar insoportable. Tenía miedo. No, miedo no: pánico.

Hemos perdido las patrullas, o al menos eso le dijo el Tito al tipo que conducía, quien frenó en seco.

–¡Corre, Lupe!

No sabía lo que pasaba, así que obedecí.

Mi madre; mi padre, quien yacía en un hoyo con su carne putrefacta; mi hermano; mi casa. Jamás los volvería a ver. Corrí y no miré atrás. Sentí cómo las lágrimas salían de mis ojos y alcancé a escuchar disparos, quizá del Tito o de los policías. No me detuve.

Desesperada por mi lentitud decidí quitarme los zapatos, que sólo me estorbaban. Recordé mi casa, de cuando no tenía un par de tenis que cubrieran mis pies, por lo que ya se me había hecho una especie de “escudo” de tanto callo, así que no me dolía nada. El único dolor era el de mi cara. El sol hacía que cada vidrio me produjera una tremenda agonía. No tenía agua ni nadie que me ayudara. No había nadie alrededor, sólo el desierto. En ese momento supe que se acercaba mi muerte.

Seguí corriendo.