Uno
A lo largo de su vida breve escribió Galeotto docenas de textos: cuentos, novelas, poesía, artículos. Pero la censura jamás le permitió publicar.
Los diarios rechazaban sus artículos debido a la violencia de los improperios, que no se conformaban con tocar a funcionarios culturales y críticos de arte, sino que se atrevían incluso con jefes de estado y de gobierno.
Sus cuentos y novelas sufrieron el desaire de los editores, que siempre se mostraron intolerantes con un lenguaje que les parecía brutal.
Decidió cierta vez publicar por su cuenta un tomo de poemas y cuando todo parecía marchar el impresor cayó en cuenta de que los pulidos versos de aparente religiosidad, en realidad agredían a cierto dignatario eclesiástico. Católico practicante, el impresor optó por destruir las planchas.
Murió Galeotto, pues, inédito.
Dejó un texto final, el epitafio que debía señalar su tumba: "Sus calaveras —decía— me van a pelar los dientes".
Ordenaron los amigos la lápida con esas palabras, pero el administrador del cementerio se negó a colocarla, a menos que quitaran la frase de dudoso sentido.
Se fue, pues, definitivamente inédito.
Dos
Andrade, en cambio, publicó mucho. Media docena de novelas y dos volúmenes de cuentos; una pieza teatral que nunca fue representada; un librito de ensayos y otro de aforismos.
Sin embargo la ansiada fama no llegó. Veinte años de escritor y apenas un puñado de lectores y cuatro notas críticas no muy reconfortantes.
Decidió conquistar un pedestal incluso a costa de su vida y, tras comprar una Browning High Power 9 mm, subió a lo más alto del más alto edificio de la ciudad.
Allí, tras invocar la fama, se pegó un tiro en la sien.
El impacto le voló media cabeza, todo el rostro.
Murió irreconocible y el imperfecto cadáver fue arrojado a la fosa común.