
Thursday, May 7, 2009
Sunday, April 12, 2009
LA TAUROMAQUIA Y LA CONSTRUCCION DE ESPEJOS
A la Fiesta hay que darle el sentimiento dramático y
artístico que requiere. Uno puede estar en la plaza a las seis de la
tarde y a las seis y un minuto en la presencia de Dios
Manolete
Según Aristóteles la tragedia representa las acciones de la vida del hombre; pero este hombre construido metafóricamente, es decir, hecho personaje, es un ser éticamente superior a cualquier otro y sus acciones son tan nobles que producen en el espectador temor y compasión, a partir de lo que se entiende un proceso de catarsis, de purificación. La tragedia ática, que no es un género sino una forma de vida, tiene su origen en los ritos en honor a Dioniso, dios de la pérdida de la individualidad que significa la embriaguez.
Dioniso. Aquél dios que experimenta en sí los sufrimientos de la individuación, del que mitos cuentan que siendo niño fue despedazado por los Titanes y que en ese estado es venerado como Zagreo. Su sufrimiento equivale a una transformación en aire, agua, tierra y fuego; por tanto hemos de considerar el estado de individuación como fuente y razón primordial de todo sufrimiento. De la sonrisa de ese Dioniso surgieron los dioses olímpicos, de sus lágrimas los seres humanos (El origen de la tragedia 97).
Pero Dioniso no existe sin Apolo. El Apolo como dios de las fuerzas y artes figurativas, tiene la misma significación que el sol, que es el bello sueño, “la mirada, lo bello y la apariencia delimitan el ámbito del arte apolíneo; es el mundo transfigurado del ojo que en sueños, en los párpados crea artísticamente” (241).
Apolo y Dioniso son dos divinidades que están en tensión. Eso es lo que se imita en la tragedia, lo que se representa: la vida se hace soportable porque el hombre, el artista, es capaz de crear sobre ella, apariencia, belleza.
Nietszche toma en préstamo a los griegos presocráticos estas dos divinidades, Apolo y Dioniso y los vinculó no sólo al origen de la tragedia sino al desarrollo del arte, por lo tanto de la vida misma:
"Mucho es lo que habremos ganado para la ciencia estética cuando hayamos llegado no sólo a la intelección lógica, sino a la seguridad inmediata de la intuición de que el desarrollo del arte está ligado a la duplicidad de lo apolíneo y lo dionisíaco: de modo similar a como la generación depende de la dualidad de los sexos, entre los cuales la lucha es constante y la reconciliación se efectúa sólo periódicamente"(El origen de la tragedia 40)
En su libro Espejo de la tauromaquia Michel Leiris (París, 1901-Essonne, 1990) reconoce en la fiesta brava un carácter y una estructura semejante a la tragedia griega, en donde esa especie de tensión entre los dos polos que constituyen el mundo se unen, donde angustia, temor, valor y belleza se mezcla con la sangre que emana de la víctima en sacrificio. En este sentido, el arte tauromáquico es uno de los grandes y últimos reductos que nos remiten a la celebración de nuestro origen: es la representación de un ritual sagrado en el que se mezclan la creación, la vida y la muerte, el elemento orgiástico, el sacrificio como un ritual de sangre avalado por la comunidad que no sólo lo observa sino que, como en la tragedia ática, lo experimenta como una catarsis que permite la purificación a partir de la comunión de los polos en tensión.
La tragedia, como la tauromaquia son representaciones del sacrifico primigenio, que en algún momento no sólo dio sentido al mundo sino que configuró su orden cíclico y cuya vivencia en los pueblos antiguos significaba la preservación de la vida misma, del ordenamiento del mundo.
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En Espejo de la tauromaquia para Michel Leiris la fiesta brava, que el autor separa de sus múltiples aspectos folklóricos y turísticos, como toda celebración de origen sagrado, ritual y festivo es uno de los acontecimientos privilegiados que nos descubren a nosotros mismos en virtud de alguna afinidad o alguna analogía secreta, que aparecen con más intensidad que los demás, como experiencias cruciales o revelaciones (17), como la experiencia neuménica, ese atisbo de gracia que nos pone en contacto directo con la divinidad.
La experimentación directa de este tipo de manifestaciones que irrumpen en nuestra vida diaria a manera de prodigios nos colocan de manera en tangente en relación al mundo y uno mismo, en un espacio en el que uno se toca y toca al mundo sin cortarlo (tangente: del latín tangere), momento en el que nos sentimos colmados de armonía en un breve estado de intensidad, de paroxismo, aproximados al Dios de Nicolás de Cusa, cruce entre caminos, intersección de trazos, bifurcación de trayectorias, pivote o solar en que se encuentran todos los que llegan , que se define como el punto tangente del cero al infinito (15).
Es la llamada fiesta brava, entonces, la única manifestación de carácter sagrado, que funciona en un esquema análogo al de la tragedia, que cobra “el aspecto de uno esos hechos reveladores que iluminan ciertas partes oscuras de nosotros mismos, en la media que actúan por una especie de simpatía o de semejanza y cuyo poder emotivo se debe a que son espejos que conservan, ya objetivada y como prefigurada, la imagen misma de nuestra emoción” (19).
La tauromaquia, que es más, mucho más que un deporte o un arte, tiene un carácter trágico que le es inherente -doblemente trágico porque hay sacrificio, un sacrificio que implica un riesgo inmediato para la vida del torero u oficiante que, de no ser superado, puede colocarlo en ese otro lado que ocupa el ser sacrificado, la víctima.
Valdría la pena recordar que la mayoría de los considerados grandes matadores han muerto en el ruedo, convirtiéndose en víctimas sacrificatorias, pero también algunas veces fundidos en el paroxismo de la muerte, eliminando la fisura: Manolete, a partir de quien el toreo se revolucionó, “murió matando y mató muriendo”, fundido en un acto tangencial respecto al mundo:
En el sacrificio, no solamente hay un desnudamiento, sino que además se da muerte a la víctima... La víctima muere, y entonces los asistentes participan de un elemento que esa muerte les revela. Ese elemento podemos llamarlo, con los historiadores de las religiones, lo sagrado. Lo sagrado es justamente la continuidad del ser revelada a quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser discontinuo (El erotismo, Bataille 27).
Esa comunión extrema, intima y total de la muerte, no puede darse sino en la muerte, en la desaparición de los seres separados. De tal forma que entre el toro y el torero, entre permanecer vivo y morir restableciendo el orden, existe una separación necesaria, una fisura, “una delgada separación que crea un abismo infranqueable entre esos dos términos: el ‘más acá’ y el ‘más allá’ (Leiris 43) que Bataille en El erotismo llamó lo profano y lo sagrado:
El mundo profano es de las prohibiciones. El mundo sagrado se abre a unas transgresiones ilimitadas. Es el mundo de la fiesta, de los recuerdos, de los dioses (72)
Toda creación artística debe especular necesariamente acerca de la existencia de esa fisura que marca la intrusión de la desgracia en la belleza perfecta, en la convivencia de contrastes apolíneos y dionisíacos, vividos por los dos dentro del ruedo desde la tensión que se establece entre el movimiento del toro y el quedarse quieto del torero haciendo que el primero acuda siempre a sus llamadas y se separe de ellas, estableciendo una relación entre tangencia y convergencia y acercándose a ese momento en el que los hombres poseen concordancia con la animalidad y la naturaleza, es decir, en el momento en que son completos y absolutos, divinos: en el mero instante de la transgresión.
Pero estar dividido no proporciona estados placenteros, sino sufrientes. La unión consigo mismo no existe más que de manera ilusoria, en el sueño y en el acto amoroso, que no tiene como fin la reproducción de la vida misma y que se constituye por tanto como sagrado, que es además la fusión con ese algo encarnado que representa al “el otro”, al mundo, al cosmos, a la divinidad. La unión real y concreta consigo mismo, y con ese otro sea lo que fuere, acaso es la muerte: la única certeza posible en la vida. La unión con el otro es asimismo un ensayo de integración perpetua. que nos coloca por encima de la fisura que divide lo sagrado de lo profano, porque la vida que entraña la muerte da la ilusión de descubrirnos a nosotros mismos, pues es la relación vital que el hombre establece respecto a la muerte su principal referencia de finitud, aquello que no le está determinado en ningún tiempo y en ningún espacio.
La tauromaquia, entonces, es más que un arte porque cuenta con una serie de pliegues que perturban nuestra concepción misma de belleza pura, apolínea, pliegues que significan una especie de fisura, “una gota de veneno, una pizca de incoherencia” (lo que recuerda el presupuesto niezscheano sobre que el mito trágico sólo puede ser posible gracias a la representación simbólica de la sabiduría dionisíaca por medios artísticos apolíneos, El origen de la tragedia 174).
Pero la manera en que el hombre ha ordenado su vida en el mundo, su percepción del mundo y su manera de vivir en él, se aleja de lo sagrado y convierte a todo en bien utilitario. Por ello manifestaciones como la fiesta brava, que lo hacen experimentar la tangencia respecto al mundo por un instante, luego del acto sacrificatorio, la vida vuelve a ser la misma, y cada uno se coloca en el lado que le han hecho saber que le corresponde en el orden del mundo: las más de las veces el toro muere y el torero regresa a ser un hombre común como quienes lo observan y festejan su faena, se lava la sangre del traje de luces y de las manos y se reintegra a lo profano, al mundo, como lo hacían a modo de expiación aquéllos cazadores y guerreros considerados sagrados sólo por el hecho de otorgar la muerte (Bataille 78).
En el arte, como en la tauromaquía, lo que constituye a la belleza no es sólo el contacto de elementos opuestos, sino su propio antagonismo, la manera activa en que el Uno tiende a irrumpir en el Otro, a imprimirse en él como una herida, una depredación... así lo bello sólo existe en función de lo que se destruye y de lo que se regenera, a modo de catarsis, de purificación, como en la tragedia ática.
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Los momentos en que el hombre se siente tangente respecto al mundo, donde integra totalmente el lado profano y el sagrado de su existencia, están caracterizados por una fisura donde convergen lo izquierdo y lo derecho del mundo, la bipolaridad de lo dionisíaco y lo apolíneo, que en el arte, en la construcción de espejos, se conjuntan porque todo acto bello debe contener la gota de veneno que hable de la fisura trágica de la conciencia humana y la revele en el instante del paroxismo.
Todos estos elementos están contenidos en el acto erótico que significa la fiesta brava, una de las más altas manifestaciones donde se asiste, como en la tragedia ática, a un ritual, completamente codificado pero al fin un ritual, donde la belleza base de la faena constituye un acto sacrificatorio, una catarsis, una perfecta y llana purificación que permite luego el reintegrarse a la vida normal. Un acto de valor donde el torero, como todo artista, se coloca frente a su propio morir y lo transgrede matando para poder seguir viviendo. Donde la izquierda del pase por naturales da muestra de valor y el riesgo coquetea con la derecha, con el otro de los extremos del mundo en la posibilidad de una desgracia latente.
A la luz de estos puntos de vista, la reflexión de actos fundacionales de la vida no apunta hacia la comprensión del arte ni de la naturaleza del hombre sino a examinar toda vivencia desde el caro acto pasional, festivo y primitivo del desgarramiento y del paroxismo.
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Digamos, con Leiris, que construir espejos es tarea del artista: espejos que reflejen su propia condición humana y la proyecten en manifestaciones que contengan la recreación de sus fisuras con respecto a lo más profundamente sagrado del origen, de su origen cuyo recuerdo se ha perdido en lo utilitario, eso con lo que vivimos profanándonos cada día.
Espejos que arrojen luz, como un prodigio, sobre la vida cotidiana y hagan que en ésta se sienta tangencialmente plena respecto al mundo. Espejo: espectáculo, puesta en escena, poesía, pintura, obra de arte.
Bibliografía:
Aristóteles. El arte poética. México, D.F.: Espasa Calpe, Colección Austral, 1997.
Bataille, George. El erotismo. Barcelona: Tusquets, 2000.
Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos. Madrid: Siruela, 2000
Leiris, Michel. Espejo de la tauromaquia. México: Aldus, 1998.
Niezstche, Friedrich. El origen de la tragedia. Barcelona: Alianza, 1984
Manuel Rodríguez “Manolete” es mortalmente herido en Jaén (1947) por "Isleño", un toro de la raza Miura, negro entrepelado y bragado. Estaba anunciado con Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín. Falleció aquella madrugada.
Thursday, March 5, 2009



