
“Dame un razón para vivir y moriré cien veces… dame una razón para morir y viviré por siempre”. Marqués de Sade
El Pequeno Saltamontes libró su última lucha, una en la que su maestro no pudo ayudarlo porque el armario en donde se colgó fue testigo mudo de una batalla a muerte entre el cuello y los genitales de Kwai Chang Caine, atados a un juego masturbatorio difícil de desamarrar porque la muerte es mala pareja y no hay peor camino que los devaneos de la carne. El personaje de David Carradine de la serie de Tv Kung Fu, tenía ese toque “filosófico” que intentaba trascender las patadas voladoras y las llaves imposibles, a diferencia de Bruce Lee, quien a punta de madrazos moldeó a toda la generación de los setenta y ochenta, durante siglos aquél me dejó pensativo: --“maestro, ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?” Esa sabiduría taoísta-hollywoodera trascendió generaciones que ahora miran azorados su fin en un juego sexual al que ya otros como Michael Hutchence, cantante de INXS, se habían rendido.

Este nuevo siglo-milenio está estigmatizado por el porno. Lo que en 1953 inicia Hugh Hefner en Playboy es una industria que se desarrolla en los inicios de los setenta, cuando Penthouse comienza a mostrar bello púbico, ahora tan en desuso y con las primeras películas porno “trascendentes”, como las ya clásicas “garganta profunda” y “El Gato Fritz” en el 72. Sin embargo, para mí sólo existía la letra encuerada, Pierre Louis y Apollinaire matizaban mi calenturienta imaginación. Soy de esa generación que conoció el beta y el VHS, que transitó de esas inmensas grabadoras de casete al iPod, de la tele en blanco y negro al LCD. Todo se vuelve nano y mientras a lo comunicativo se lo tragó un aleph, la imagen resulta cada vez más nítida y real que los significados y verdades de nuestra vida diaria. La imagen está sobre la palabra y lo porno ocupa un espacio comercial 24 horas a nuestro alrededor.

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A un amigo pornófilo le pedí que me explicara el secreto del porno, algo más que genitales y culos trasegando mi aniquilada imaginación. Escogió un video y en éste una pareja acometía su tarea sin mayor imaginación. Ella sólo vestía un collar de perlas que en un momento dado fue arrancado por su pareja e introducida perla por perla en el ano de su amante que jadeosa seguía fornicando. Los gemidos subían de tono y cuando el clímax se acercaba su pareja jaló la punta de lo que quedaba del collar, ella gritaba extasiada mientras lo orinaba profusamente, como si de una regadera humana se tratara. “Lluvia de oro”, acentuó mi amigo quien sonreía conocedor. El porno más que subvertir tiende a pervertir. Alienado en el cuerpo de la mujer, no busca la interacción racial, animal, vegetal o genital, es una industria prostituida porque al carecer de trascendencia tiene como único fin de polietileno el dinero.
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Buscando a Dios en una puta, como hacía George Bataille en Madame Eduarda, me perdí en hoteluchos y vecindades acomodadas como prostíbulos, con prostitutas baratas más atentas a su chicle y a revistas de monitos que a mi prisa orgásmica. Al terminar por otros módicas monedas accedían a vestir ropa de lencería que compraba para verlas gozosas posar desnudas, “soy puta pero no pendeja”, me decían, cincuenta pesos más. Lo valían, observarlas en esas fotos era la expresión perfecta del gozo, el hecho de no tenerlas nunca y que ellas fueran algo mejor que el sexo con amor, el sexo sin amor.

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Y mientras la humanidad llega a universos distantes pareciera que estamos más lejanos de nuestros genitales, ahí donde El Pequeño Saltamontes buscó su lucha interna, la venganza de su muerte es nuestra película diaria. Somos neuróticos porque nos negamos a gozar, en cuanto que el deseo es de los otros, no fruto de nuestros devaneos e inquietudes, o nos encontramos histéricos en cuanto que lo social nos limita la medida del deseo. El porno devería llenar estas lagunas, ser protitutas que desvistieran nuestra imaginación regulada.
