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Sunday, April 11, 2010

RELACIONES PELIGROSAS

Larisa Kulik
ARTURO FAMILIAR

Mi amor vivía de ella... Era un parásito.

Tuesday, December 8, 2009

RENCOR

ARTURO FAMILIAR

Ante su agravio realicé la peor de las venganzas: me casé con ella.

Sunday, October 18, 2009

MEMORIA


ARTURO FAMILIAR

Uno.

El tiempo no existe, sólo hay acontecimientos que en realidad no transcurren; se superponen. La memoria no distingue momentos, sólo son escenas que se repiten, que se perpetúan.
Recuerdo por ejemplo a Josefa. La recuerdo enorme desde mi infancia (intuyo que es mi infancia), sus grandes pechos me acercaban el calor que me negaron mis padre. Sus grandes brazos fueron el refugio de tantas tardes, cuando a escondidas me acercaba a ella buscando el consuelo en contra del regaño.
Josefa, mi nana, era más que las caricias, más que canciones de cuna. Era también historias de aparecidos que luego poblaron mis noches de pesadilla, leyendas de espanto de su propia infancia en un pueblo que nunca conocí.
Por las noches cuando mis padres viajaban (casi siempre), ella me sentaba en sus piernas y me contaba de espectros en los cruces de caminos, de chaneques que ahogaban a hombres y mujeres, de historias con fantasmas (pero sin tesoros).
De ella conocí la historia de la llorona, la mujer que ahogó a sus hijos; recorrió (por siempre) los pueblos y los campos clamando por ellos. Conocí de las ondinas de los lagos, que seducen hombres y los pierden en las profundidades del agua, de extrañas mujeres que extravían a los hombres en las selvas.

Dos.

Recuerdo más. La casa vieja donde me refugié cuando estudiante. Me la prestaron los padres de un amigo el mismo día que escapé de mi casa. Ellos me advirtieron que era casi inhabitable, pero que sería para mí sólo.
No hubo condición para el préstamo; podría vivir en ella todo el tiempo que quisiera. Allí conocí el miedo; no el miedo de las pesadillas. Conocí el miedo de la soledad, el miedo de la libertad.
También conocí el deseo y el placer que brinda el cuerpo femenino. Fue Susana. Estudiábamos juntos la preparatoria. Recuerdo la sorpresa al desnudarla y descubrir la piel tersa de su vientre, sus pechos firmes, sus muslos, su pubis.
Susana y Josefa perviven en un mismo instante. Sólo las diferencian mis sensaciones. A ninguna de las dos las he vuelto a ver. Josefa se fue a su pueblo una madrugada y yo quedé sólo. No hubo despedida. Susana dijo un adiós, también un no te quiero. La vi dos o tres veces más, pero de lejos.


Tres.

La memoria. El presente es el vértigo, un torbellino que nos envuelve. Luego es la memoria. Recuerdo mi primer apartamento, las tardes de cerveza, los largos días de alcohol, crudas y curas. La música fuerte, el rock, la salsa, el baile.
Y Matilde pegando su cuerpo al mío, sus pechos presionando mi pecho, su boca con sabor a cuba, el perfume de su piel, su mano buscándome el pene, los amigos allá y nosotros compartiendo el toque.
Irma ya no quiso irse. Desperté con ella a mi lado, profundamente dormida. Juntos nos curamos con barbacoa y las cervezas. Recuerdo sus escenas de celos diluidas en el caos de la pasión.
La dejé una tarde. Ella leía. Guardé unos billetes y salí. Nunca la volví a ver. Mi libertad me salió cara; mi ropa, mis muebles, mis discos, mis ahorros, algunos poemas y su cuerpo fueron el precio.
Ella también es mi tiempo. El presente, ese tornando de sucesos que nos envuelve, también es la memoria. Son tantas las mujeres que conviven en un mismo instante que ya no sé cómo diferenciarlas.

Cuatro.

Pero hay una, en especial, que de pronto es todos ellas, que las envuelve y las domina. Es el calor y protección de Josefa, el deseo de Susana, la pasión de Irma, la lujuria de Irene, la perdición entre las piernas de Amanda, la marea de mujeres que se mantienen en mi vida.
La conocí no sé cómo. De pronto aparecen ahí y es todas ellas. Las piernas son de Amanda y de Ella, el deseo es por el cuerpo recién descubierto de Susana y por el de Ella. Irene es la lujuria, la lujuria también es Ella, y el rostro de todas es el de Ella. A veces la memoria misma es, Ella y Ella es el tiempo.
Borges habla del Yahir, en su relato el yahir es una moneda. Una moneda que se introduce en su pensamiento y que se convierte en su pensamiento. Para mí es Ella.
Digo Ella porque desconozco su nombre.


Cinco.

Poco a poco ella se ha ido apoderando de mí No es el enamoramiento. Quiero decir, es una obsesión o más que eso; ella se ha convertido en mi pensamiento. No es que sólo sea Ella, sino que Ella está en todo.
No quiero repasar estas líneas. Creo haber escrito que el tiempo no existe, que los sucesos se superponen, que el presente es una vorágine de hechos incomprensibles, pero que se insertan en la memoria. Creo haber escrito también que todas las mujeres que han aparecido en mi vida siguen presentes. Y siguen, pero Ella está en todas.
Intento ser coherente en la incoherencia de mi vida. Desde hace algún tiempo habito la enorme casona familiar. La casona familiar. La casona que abandoné en mi adolescencia y que me dejaron mis padres (único legado útil en su historia).
He traído a muchas mujeres a esta casa. No he permitido que ninguna de ellas se quede (pero habitan mi memoria). Me gusta que esta casa sea mía. Eso quiere decir tener el campo libre para vivirla, para pasearme por sus corredores y sus cuartos.
Ahora no estoy solo. Ella está también. No quiero decir está en mi memoria; su presencia es parte de la vorágine del presente. Ella está, lo intuyo, en los salones, en los corredores, tras las puertas.
Ella ha estado (creo que el transitivo es la forma más correcta del verbo estar) rondando mis pasos, ha tejido una sutil red en torno a mí. Soy su presa. Lo soy desde que me crucé con Ella en algún punto de esta ciudad y en el que intercambiamos miradas fugaces.
Si Ella es todas las mujeres de mi vida, he vivido con Ella el deseo, el placer, la lujuria de tardes y noches, la calma de los días soleados, el refugio a mis angustias, mis angustias mismas, las nostalgias, ellas son Ella.


Seis.

Hace rato llamó a mi puerta. No a la principal. Llamó a una puerta olvidada. Fueron tres golpes breves. Poco después otros tres. Ella sabe que los oí, no necesita seguir llamando.
Estas líneas son el testimonio de otra vida. Dentro de unos momentos seré otro. Mi memoria seguirá, los hechos continuarán habitándome (quizá las buscaré). Yo no seré el mismo; ahora mismo ya no soy el mismo.
Ella espera. Sabe que abriré la puerta. No siento en ella impaciencia. Por mi parte, yo sé que al abrir seré completamente de Ella (¿pero en este momento no lo soy ya?, ¿acaso si abro la puerta no es porque ya soy de Ella?). La deseo.
Antes de dejar estas líneas vale una última reflexión; el tiempo es sólo una forma verbal que sirve para ordenar las ideas.
Dejo el escrito y acudo a su llamada.

Wednesday, August 26, 2009

EL ESPEJO


ARTURO FAMILIAR

La inmortalidad se gana por el miedo.
Yolanda de la Torre.


I

Fría la noche, la calle fría que se extiende sin límites hacia el oriente, fría la luz que la ilumina a intervalos regulares. Frío el aire que respira Esteban mientras camina hacia su casa.

Cuerpos mutilados, la sangre que brota a borbotones a través de extremidades arrancadas, vísceras que asoman de vientres abiertos, mujeres que agonizan con los pechos arrancados, hombres capados, ayes de dolor.

Esteban piensa. La sangre en grandes cantidades llena su pensamiento. Sangre no es un fluido para Esteban; es el sustantivo preciso para el cuento que pugna por salir de su imaginación.
Piensa en Yolanda de la Torres. No en Yolanda; en su cuento, Minuto cero. Un buen cuento de vampiros, piensa. El cuento lo llena. Toda historia es madre de otras historias, habría dicho alguna vez (no se acuerda cuándo).

La historia de Esteban debe estar llena de sangre, de dolor, de quejidos, de torturas. Todo ello englobado en un sólo fin. Su cuento debe inspirar terror; él mismo debe llenarse de miedo al escribirlo. Pero no sólo miedo, también fascinación, debe despertar los impulsos más agresivos de sus lectores.

Fría la noche, la calle fría que se extiende sin límites hacia el oriente, fría la luz que la ilumina a intervalos regulares. Frío el aire que respira. Esteban sube el cierre de su chamarra hasta el límite. Lamenta que su chamarra sea de cuero.

Mujeres atadas al potro de tormento, mordidas que arrancan pezones o penes, bocas que escurren la sangre de las entrañas arrancadas. Esas figuras deben retocar su historia. Y en el centro, rodeada por los quejidos y el sufrimiento ajeno, una mujer de negro, hermosa. Una mujer que se alimente del dolor. Un vampiro. Una dama y un monstruo en un mismo cuerpo. Esteban piensa en ella, crea su rostro y su cuerpo. Ella deberá elegir entre sus víctimas a aquellos que habrán de acompañarla. Nuevos vampiros entre quienes mueren. Los no muertos que la ayuden a torturar, destrozar y matar.


II

Esteban se detiene. Algo no marcha en toda esa historia en la oscuridad. No es la historia, comprende; es su realidad. La avenida se extiende ante él hasta perderse en varios puntos vagos.

Siente algo (¿miedo?). Alguien lo sigue. Despacio se vuelve. La calle está sola. Más aún, atrás de él la avenida se reproduce, como si atrás y adelante fueran la misma cosa.

Reemprende el camino; tres o cuatro pasos y se detiene en seco. Mira atrás y adelante; el desierto urbano. Lo ha comprendido. No es el camino de su casa. Se pone nervioso. No es miedo, comprende. Es angustia: Esteban ya no sabe dónde es atrás y dónde enfrente.

Camina a la esquina. Taxqueña, lee en un letrero. Conoce la avenida, pero no el punto donde está. Avenida Cinco, reza el otro letrero. El nombre de la calle no le dice nada.

Arriba no hay estrellas, sólo un morado que se extiende por todo el cielo. Comienza a llover, despacio, muy despacio.

Mete la mano en la bolsa; no hay mucho dinero, sólo unas cuantas monedas sin valor. Recuerda que se lo gastó en la última vaca para las cervezas. Eso no le importó en el momento; pensaba quedarse en casa de Arturo y tomar el metro en la mañana.

Ahora lo lamenta. Lamenta haber gastado el dinero, lamenta no haberse quedado con los demás. De cualquier forma eso no le sirve de nada; por la calle no pasan taxis ni pesero. Entonces Esteban se da cuenta que no pasan autos. No hay un sólo auto estacionado, sólo postes, casas sin luz, y la gran avenida que se extiende atrás y adelante, cruzada de cuando en cuando por otras calles igualmente vacías.

Esteban reemprende el camino. La calle debe tener un final, piensa debe llegar a un lugar más poblado, a un lugar desde donde pueda retomar el camino hacia su casa. Pero presiente que cada paso se aleja más y más.


III

Fría la noche, la calle fría que se extiende sin límites hacia el oriente, fría la luz que la ilumina a intervalos regulares. Frío el aire que respira mientras camina sin saber a donde va. El frío lo envuelve, lo desorienta más. Hipotermia, piensa y busca un refugio.

La casa lo mira desde atrás del gran muro. Las ventanas oscuras parecen ojos que lo observan. Sangre, cuerpos mutilados, mujeres que agonizan y gritan de dolor, miembros arrancados, vientres abiertos . La tortura.

Contempla la casa. La verja se mantiene abierta y le cede el paso. Esteban duda, pero el frío y la angustia de saberse perdido son más grandes. La casa de patio sórdido puede ser un refugio en donde esperar el día.

Piensa que la casa puede ser el escenario de su cuento. Sólo en su interior pueden ocurrir las peores cosas, el terror en su nivel máximo, se dice. Camina por un sendero cubierto de hojas muertas, húmedas y resbaladizas.

Llega al pórtico. Ahí pasará la noche. Supone que la mañana dará otro aspecto a la calle y a la casa. Entonces podrá dar alguna explicación a sus habitantes.

En el pórtico una mecedora de bejuco se columpia acompasadamente, sólo deja oír un tenue rechinido que se repite una y otra vez. Desde ahí, Esteban ve la puerta abierta y el interior oscuro del edificio.

Empuja la puerta despacio. La hoja se queja mientras le franquea la entrada. El olor a viejo le llega, olor a húmedo, a años y a muerte (no es olor de muerto, se dice, sino de muerte).

Esteban se detiene en el recibidor. Duda si seguir adelante o regresar al pórtico, pero el frío del exterior lo decide; adentro la temperatura es más soportable. Esteban avanza hacia el interior.
En la penumbra encuentra una vieja escalera. La cubre un tapete (debe ser rojo, piensa, y raído y con manchas de sangre). Sube. Se sobrecoge con el rechinido de los escalones vencidos por sus pies.

En la planta alta hay un corredor que se interna en la oscuridad. Esteban acostumbrado a la penumbra, divisa formas leves de puertas que se repiten a ambos lados. A su izquierda, en el fondo del pasillo, presiente una luz tenue. Hacia allá avanza.

IV

Cuando entra en el cuarto, apenas iluminado por una ventana, Esteban sabe que se trata del escenario de su cuento; aquí deben morir las víctimas después de insufribles dolores, piensa.

Desde la ventana se observa el jardín, con árboles desnudos de hojas y maleza que se extiende sin cuidado. Al fondo un muro enorme y más allá techos de otras casas también oscuras.

En el cuarto hay una cama empolvada, con una gran cabecera de madera y dos burós. Frente a la cabecera un armario, junto al mismo un tocador con un espejo ovalado. Todo cubierto de un polvo que brilla fantasmagóricamente al reflejar la poca luz que entra por la ventana.

Esteban se asoma al espejo. El cristal reproduce fragmentos de su rostro el resto es ocultado por la oscuridad. Siente algo, como un aliento frío a su espalda, en su cuello.

Se vuelve despacio, asustado, y se encuentra con una mujer. Es hermosa, pero Esteban no repara en ello. Sus pupilas ovaladas (como de gato), sus labios rojos brillantes y sus colmillos ocultan su belleza.

Por el terror, Esteban queda paralizado unos instantes (recuerda que el espejo no reprodujo a la mujer), intenta gritar, pero su voz se le atora en la garganta. Las piernas le fallan y se apoya en el tocador.

La mujer sonríe.

Esteban intenta correr, pero sus piernas no responden, tropieza y cae. Siente el peso en su espalda, la mano que lo agarra de los cabellos y le levanta la cabeza. Trata de arrastrarse, pero la mujer lo detiene.

La mordida en su cuello duele. Esteban siente seca la garganta. Quiere gritar, pero de su boca sale un quejido ahogado. La debilidad lo abarca, sabe que pierde sangre. Siente náuseas. Ante sus ojos el mundo se llena de luces de colores que bailan. Siente vértigo y comienza a adormecerse.

Sunday, July 5, 2009

CANDENTE


Llenos de pasión se abrazaron y se abrasaron. Sólo quedaron sus huesos calcinados.

Monday, June 8, 2009

LAS NUBES NO SON GRISES



Dolores Malospasos caminaba tranquilamente por avenida Acueducto, sus caderas se bamboleaban maravillosamente debajo de su minifalda. Detrás de ella, siguiendo sus pasos, iba Rodrigo Montesdepato, a quien la policía llamaba El Chacal de la Chapultepec (y es lo único que sabían de él, además de las 27 mujeres que había violado y matado).

Rodrigo llevaba en la bolsa de la gabardina un puñal con el que pensaba matar a Dolores, pero no pudo hacerlo porque Martín Vallejo Floresrojas (el asesino del Chevy Rojo), lo reventó con su Minicuper azul cuando Rodrigo cruzaba una ancha avenida.

Dolores ni color se dio; continuó su camino hacia el oeste con paso cadencioso. Arriba, el sol apartó las nubes para contemplarla libremente (desde arriba, el cuerpo de Dolores se veía fenomenal). Abajo, la muchacha sintió el calor de la mirada del astro y se quitó la blusa.

Un viejito que vio sus pechos bambolearse cadenciosamente sufrió un paro cardiaco, un homosexual se volvió heterosexual, un gordo patizambo bajó 53 kilos de puro sudor, Josefina Nicolor se volvió lesbiana, Marco Antonio Rivacastillo estranguló a su novia y María Luisa Fuenteverde se pintó la boca de rojo encendido.

Dolores Malospasos, ajena a las reacciones que provocaban sus pechos desnudos, siguió su camino. Detrás de ella, el grupo de personas que la seguía con mirada lúbrica crecía continuamente. Más de una persona intentó apoderarse de ella, pero los demás no lo permitieron.

Marcos Castillobrumoso descansaba a la sombra del Acueducto cuando la vio pasar. Fue tal su impresión que se bajó los pantalones y comenzó a masturbarse. Al verlo, Violeta Gorostiza se lanzó contra él seguida de otras cuatro mujeres y un gay. Entre todas lo violaron con tal violencia que Marcos murió entre espasmos de sorpresa. Como la cosa ya no tenía remedio se lo comieron y sus huesos quedaron regados bajo un arco.

María Luisa Fuenteverde envolvió su cuerpo en un babydoll color negro, se puso una blusita café claro y una minifalda color vino. Su cabello bajaba en cascadas negras como la conciencia de Artemio González, quien se sintió molesto por no salir de personaje en este cuento y decidió eliminar a Dolores Malospasos.


Para las tres de la tarde el tránsito estaba completamente bloqueado en la avenida Acueducto y en todas las calles de la Chapultepec Norte. El caos amenazaba con extenderse a toda Morelia. El gobernador decretó estado de emergencia general y toque de queda inmediato.

Pero las fuerzas armadas, la policía, los bomberos y las hermanitas de la caridad hicieron caso omiso a la llamada de la máxima autoridad del estado, pues todos seguían los pasos de Dolores o se encontraban involucrados en alguna de las tantas orgías o habían sido asesinados en uno de tantos ritos eróticos que ocurrían en las inmediaciones.

Los noticiarios nacionales e internacionales perdieron a sus corresponsales, por lo que se dedicaron a especular sobre un golpe armado, o un terremoto, o inundaciones o cualquier cosa que se les ocurriera que había sucedido en Morelia.

Para entonces, el gobernador y el presidente municipal de Morelia habían dejado de lado sus deberes en el gobierno y estaban reunidos en alguna oficina pública mostrándose mutuamente sus atributos sexuales.

Los niños, repartidos por toda la ciudad, estaban encantados por la ausencia de jóvenes y adultos. Se dedicaban a sus juegos alegremente mientras Marías Luisa Fuenteverde salía a la calle con su bolso colgándole al hombro.

Al otro lado de la ciudad, Martín Mirasoles leía poemas de Jaime Sabines sentado en el sillón de su casa, ajeno (él y su sillón) a lo que ocurría en el resto de Morelia. Tampoco le importaba gran cosa si Artemio González acumulaba el rencor contra el autor del cuento y todos sus personajes.

De hecho, Artemio González urdía su plan para acabar con el cuento mientras esperaba, en la esquina de la avenida Lázaro Cárdenas y Acueducto, la llegada de Dolores Malospasos. Sin embargo, su plan no pudo cristalizar por dos razones:

a) Dolores Malospasos no llegaría a esa esquina por razones que el lector conocerá más tarde.

b) El autor no está dispuesto a permitir que en este cuento imperen los intereses personales por encima de los intereses generales, por lo que eliminó a Artemio González con un meteorito que cayó sobre su cabeza.


Al llegar frente de la Unidad Deportiva Venustiano Carranza, Dolores Malospasos se detuvo, soltó su minifalda que cayó a sus pies, provocó un suspiro apagado y a coro en sus miles de seguidores, pateó la prenda y cruzó la calle.

En ese momento, el cielo se iluminó por una roca que bajaba del espacio, pasó rauda por encima de las cabezas de los seguidores de Dolores Malospasos y se fue a estrellar en la cabeza de Artemio González, cuya frustración desapareció en el último instante al comprender que finalmente fue un personaje de “Las nubes no son grises”.

Dolores Malospasos caminó hasta la cancha de futbol, en cuyo centro, pasmado al verla, se encontraba Mariano Goicochea Iñíguez con su uniforme del Cosmos, equipo que no pudo realizar el partido programado porque sus integrantes se toparon con la caravana que seguía a Dolores.

Más allá, lejos, María Luisa Fuenteverde conducía su Clío con rumbo a Santa María de Guido; se alegró ligeramente ante lo despejado del tráfico y siguió su camino. Arriba, en su casa, Martín Mirasoles fumaba un cigarro mientras leía poemas de Jesús Rosales.

En México, intrigado por lo que pudiera estar ocurriendo en Morelia, el presidente de la República llamó al gobernador a su celular. Al escuchar la voz entrecortada y las frases inconexas de la autoridad estatal, el presidente pensó que se estaba perdiendo de algo. Fue tanto su coraje que salió al exilio.

Nadie notó la falta de autoridad en el país, porque todos los mexicanos estaban tratando de entender lo que ocurría en Morelia; no sabían si donar latas, conseguir dinero, hacer compras de pánico, tomar las armas y lanzarse al monte o dedicarse al pillaje.


Por su parte, Dolores Malospasos había llegado hasta Mariano Goicochea y lo miraba fijamente. Éste consideró que lo más apropiado ante esa situación era quitarse la ropa, abrazar a la muchacha y tenderse con ella en el pasto, acariciados por los rayos del sol que, ante el espectáculo, se puso más rojo que un jitomate.

La gente del mundo que en ese momento era iluminado por el sol, consideraron el fenómeno como un presagio de algo raro (no sabían si funesto o de buen agüero). Ante la incertidumbre, duplicada por el desconocimiento de lo que ocurría en Morelia, decidieron hacer orgías comunales.

Los que dormían tuvieron sueños húmedos pero alegres, por lo que al día siguiente despertarían de buen humor.

En el Venustiano, la señal fue dada; bastaba ver a Dolores y a Mario revolcándose en el pasto para comprender que el mundo había cambiado. Y entonces sí que las cosas cambiaron, no sólo porque los observadores de pájaros se dedicaron, desde entonces, a observar las estrellas, sino porque la gente recuperó su capacidad de sorpresa.

Y es que de pronto, en ciudades como Bogotá, Washington, Monterrey y Córdoba, muchas personas descubrieron que el sol no se había movido ni un ápice (y cómo, si estaba entretenido contemplando a Dolores Malospasos fornicar alegremente), y que además estaba de un color rojo encendido.

Pero la sorpresa fue lo de menos, porque sirvió de tema de conversación en los juegos introductorios a la introducción verdadera de un coito más generalizado que las religiones judeocristianas.

En Morelia hubo muchos muertos, una gran cantidad por paros cardiacos (pero los muertos quedaron con caras de inmensa alegría), otros por canibalismo en su contra, otros por asesinato pasional y algunos simplemente porque se les pegó la gana morirse de puro contentos que estaban.

Y mientras esos acontecimientos se presentaban en las inmediaciones al Venustiano Carranza y en el sistema solar, María Luisa Fuentesverde llegaba a casa de Martín Mirasoles, quien leía poemas de Boudelaire mientras comía tortas de queso amarillo y jamón.


Mariano Goicochea estaba completamente tieso y Dolores Malospasos se separaba de él con un suspiro de satisfacción cuando María Luisa Fuentesverde entraba en la casa de Martín Mirasoles, y éste la recibía con un poema de su propia autoría, lo que provocó un frenesí amoroso en la muchacha.

Cuando Dolores se levantó, a su alrededor había un amasijo de cuerpos desnudos, vivos y muertos, que representaban a un montón de gente satisfecha. Recogió del piso unos pantalones que le quedaron grandes y una camisa en la que su cuerpo nadaba como en el océano, y se las puso.

Como el sol comprendió que ya no había nada que ver siguió su camino hacia el poniente. Los que estaban vivos también se levantaron y, como pudieron, se fueron a sus casas. Los únicos defraudados ante el regreso de la normalidad fueron los niños, quienes con pesar comprensible vieron el regreso de los adultos, pero no fue sino una simple impresión, porque los dejaron jugar en paz.

Los miembros del Departamento de Limpia, junto con algunos voluntarios, se las vieron negras para recoger y deshacerse de todos los cadáveres, los cuales, por decisión popular, fueron enterrados en una tumba de honor, a la que se llamó Tumba del Gozón Desconocido.

Pero antes de que la gente se diera cuenta de sí misma y de que despertara de sus extravíos, antes de que los niños se desencantaran y se volvieran a encantar, antes de que los coleccionistas de timbres postales se tomaran una cerveza a la salud del mundo, Dolores Malospasos abordó una Liberty roja que encontró con las llaves puestas en el Bulevar García de León y se dirigió a Santa María.

Dolores, a bordo de su auto, iba cruzando avenida Camelinas para subir a Santa María cuando María Luisa Goicochea y Martín Mirasoles se separaron de un abrazo intenso, lleno de sudor, saliva y otras cosas que no viene al caso señalar. Martín le dijo un verso de Nicolás Guillén y ella le dio a morder una manzana que nada tenía que ver con el pecado original.

Y luego ambos se asomaron al balcón, desde donde vieron llegar a Dolores Malospasos en una Liberty roja. Ella descendió del automóvil y entró a la casa, cortó del jardín un par de rosas, una roja y otra blanca, y se las comió mientras subía los escalones. En el poniente, cansado, el sol se escondía a dormir tras las montañas.

–Las rosas tienen pesticida y fungicida –le explicó Martín Mirasoles como de pasada.
Dolores sólo se encogió de hombro y, después de pensarlo, decidió que no tenía más remedio que morir envenenada, así que se puso roja, luego azul y luego morada, comenzó a boquear y ante la mirada de los amantes murió sin demasiados aspavientos.

María Luisa derramó algunas lágrimas mientras Martín Mirasoles declamaba una poesía de Amado Nervo a propósito del acontecimiento.

Luego, ambos enterraron el cuerpo de Dolores Malospasos al pie de los rosales. Mientras cenaban, María Luisa expuso una idea que se le había ocurrido al oscurecer, justo antes de que Dolores estacionara la Liberty afuera de la casa:

–La vida carece de sentido cuando uno ha cumplido su misión.

Martín Mirasoles la contempló en silencio, sonrió y se encendió un cigarro; no se le ocurrió ningún poema al respecto.

En la ciudad, y en el resto del mundo, nadie se acordaba de Dolores Malospasos. Tampoco les interesaba mucho ni el comentario de María Luisa Goicochea ni si a Martín Mirasoles se le ocurría un poema o no. La mitad del mundo dormía cansada y la otra mitad se preguntaba que habría ocurrido del otro lado del planeta.

Saturday, April 11, 2009

I N V I T A C I O N

A pesar y en contra de las vacaciones de Semana Santa, el personal de las PATITO PRODUCTIONS se ha visto bastante activo en estos  días, por lo que se les invita a visitar el blog de ARTURO FAMILIAR.

Leer una minificción de YOLANDA DE LA TORRE, aparecida en Químicamente Impuro.

O escuchar un podcast con TONATIUH MEANEY, en entrevista con Fernanda Tapia, a propósito de su libro colectivo AL DIABLO ADENTRO.  Por su atención gracias.

Tuesday, April 7, 2009

ALTER EGO


ARTURO FAMILIAR

Lo descubrió mientras se bañaba; del tamaño de la cabeza de un alfiler, en el brazo izquierdo, justo abajo del hombro. Un barro, se dijo. Se desentendió del asunto, pero mientras se vestía lo notó más grande; no mucho ¿o era su imaginación?

Cuando desayunó, pasó la mano descuidadamente y se sorprendió. No era su imaginación; ya era del tamaño de un chícharo. Se miró, una pequeña protuberancia, como una montaña a escala, pero no era el volcán típico de los barros.
Al llegar al trabajo sintió que algo le estorbaba, como si en el brazo izquierdo la camisa estuviera mal cortada. La bola ya era del tamaño de una canica algo grande. Y al salir de comer parecía una bola de billar, y una bola de golf cuando regresó por la tarde a la oficina.


Esquivó algunos comentarios de sus compañeros. Para ese momento la manga de la camisa, del lado izquierdo, yacía en el bote de basura. Y pegada irreverentemente de su brazo una bola de tenis algo desfigurada parecía burlarse de él. No se dejó provocar y fingió demencia.

Al llegar a su casa parecía llevar un balón de futbol ligeramente alargado, con cinco protuberancias alargadas. Cenó con el brazo izquierdo apoyado en la mesa, pues la sandía pesaba mucho y se movía como demente. Las protuberancias parecían tener vida propia y, para ese momento, se veían articuladas.

Se acostó cansado de tanta irrealidad. En el brazo la cosa crecía y crecía. Las protuberancias se habían transformado en brazos, piernas y cabeza con una cara muy parecida a la de él.

Finalmente creció lo necesario y se separó de su brazo. Se levantó. Le pidió prestada su ropa, se vistió y se despidió con un movimiento de cabeza. Al fin pudo descansar.


Wednesday, February 25, 2009

NOCHE Y DIA



ARTURO FAMILIAR

El día sucedió a la noche, la vida a la muerte. Es difícil acostumbrarse a la inmortalidad; también es difícil acostumbrarse a la muerte. Despertó como de un sueño sin sueño, sin memoria. 
Estaba en el sillón. Antes de la muerte un libro que descansa sobre sus piernas. Los miembros entumidos, casi tiesos. Luego el miedo, la angustia, el primer movimiento, el alivio. 
Nada coherente en ese despertar. La misma sala, el mismo sillón de siempre, los mismos adornos, la misma alfombra y las mismas manchas. Sin embargo todo distinto, nada semejante a antes de la noche. 
El primer movimiento fue para el brazo derecho; se pasó la mano por la cara. Lo sorprendió la frialdad, y a la sorpresa vino el presentimiento; primero como algo extraño, luego con angustia. 
El brazo izquierdo no respondía. No importa, se dijo (debió pensar que el detalle era una trivialidad en medio de la zozobra que lo es todo).Con la mano derecha buscó el pulso del brazo izquierdo; nada. 
Calma, ante todo calma. Siempre hay una explicación, la irrealidad sólo es fantasía, la fantasía el otro mundo al interior de la mente. Este es el real, el verdadero, se dijo. Pero la angustia no cedió.
Aún así se concentró. Finalmente pudo mover el brazo izquierdo. Nuevo intento, pero en el derecho tampoco hubo pulso. No sudó, pero debió ser la mecánica, a menos que... 
No, eso no, pensó. Nuevo esfuerzo hasta que la pierna derecha respondió. Luego la izquierda. Flexión, uno, dos, uno, dos, como en clase de gimnasia. Un pequeño masaje a las piernas (no duele, tampoco hay descanso). 
Un intento. Las manos apoyadas en los brazos del sillón; caída y fracaso. Nuevo intento, nuevo fracaso. La tercera es la vencida, pensó. No hubo vértigo al estar de pie, pero creyó caer sobre la mesa de centro. Un balanceo en los brazos y recuperó el equilibrio. 
Así es mejor. Cuestión de acostumbrarse. Uno, dos, tres. El primer paso, inclinación a la derecha, riesgo de caída. Estabilidad recuperada. Es como un juego, pensó, sólo hay que agarrarle el modo y todo listo. 
Poco a poco fue adquiriendo seguridad. Al final el trayecto no fue corto, pero la pared representó un apoyo y más seguridad. Reaprender a caminar. Quiso recordar su infancia, pero la distancia era muy larga, incluso para su nueva condición. 
Nunca antes le pareció tan sórdido el departamento. Desolado más bien, lleno de ausencias (incluyendo la suya propia). La angustia no desaparecía, pero el dominio sobre su cuerpo aumentaba. 


Llegó al cuarto. Ella no estaba. No reparó en la cama destendida. Abrió el closet. Sacó su maletín. Extrajo el estetoscopio. Le gustó (rarezas del momento) el cromado del instrumento. 
Se desabotonó la camisa y se sorprendió ante la palidez de su cuerpo. No había reparado en ella; estaba en sus brazos también (de seguro igual en las piernas). Tembló al llevar los auriculares a los oídos. 
Luego se colocó el extremo del aparato en el pecho. Nada, nada, nada. Llevó el aparato por todo el pecho, pero no ubicó el ritmo cardiaco, estoy muerto, se dijo, y creyó que enloquecía. 
Nada es concluyente, menos lo que se relaciona con el absurdo. Recordó sus obsesiones hipocondriacas. Años de convivir con la muerte generan sin fin de miedos; cáncer, sida, ataques cardiacos, complicaciones; dolor y miseria, eso es todo. 
Sin embargo ahora (es gracioso pensó)... 
Nada es concluyente, pero había que seguir. Después fue una aguja, un piquete rápido. No hubo dolor, tampoco sangre. El bisturí entró en acción, una ligera herida, nada, ni siquiera enrojecimiento. 
Se levantó, esa vez no tuvo más problema. Aunque difusa, el espejo le devolvió su imagen. Se revisó los ojos (ni una venita roja), la garganta. Estoy muerto, muerto, se dijo. La angustia desaparecía. No sintió miedo. Qué curioso, se dijo, estar muerto... 
Algo le llamó la atención en el cuello; marcas de mordida. Más; un par de agujeros. Vampiro, se dijo. Y luego: pendejadas, eso no existe. Pero relacionó la desaparición de ella. 
Y por primera vez, cosa extraña, montón de cosas y lo principal no, se empeño en recordar el pasado reciente; la ausencia de ella durante la noche (¿qué noche?), ninguna llamada, su llegada por la tarde (¿qué tarde?), miedo (miedo ya no dice nada) y dolor, un dolor fuerte, luego lo gritó. 
Se asomó a la ventana del cuarto. Abajo la calle, la gente y el Sol. Pinche Sol, ya no eres para mí, murmuró. Qué curioso, pensó, estar muerto, estar vivo. No duele, pero es incómodo. 
Sintió sueño. Antes estuve muerto, ahora no, ahora quiero dormir, se dijo. Se acostó en la cama destendida, en la misma cama desde donde ella lo miró (¿cuándo?) y le echó el ojo. Pinche vieja, me fastidió, y cerró los ojos. 
Lo despertó el hambre. No el hambre del vientre, del estómago y las tripas. Un hambre más de quién sabe dónde. O no hambre, pero sí necesidad de alimentarse (recuperar energías).
El cuarto estaba a oscuras (debía estar a oscuras), pero el veía bien, muy bien. Se levantó, regresó al espejo pero esta vez nada. Reproducía el cuarto, la cama destendida, un cuadro en la pared, justo enfrente. Su ropa, reproducía todo menos a él. 
Soy invisible, soy espíritu, soy fantasma. Estoy muerto muerto y no muerto vivo ni no no-muerte, se dijo. Adiós mundo, pensó. Adiós temores, miedo y demás cosas, le dijo a la noche, a la pinche vieja, a los vampiros y a las fantasías. 
Pero no era fantasma, no espíritu puro. Sus brazos, fuera del espejo, estaban ahí, eran tangibles (lo comprobó sin lugar a dudas). Se tocó, se sintió, sólo se sintió, pero ya ni siquiera había el frío de su piel. 
Y el hambre seguía ahí, en alguna parte indefinida de quién sabe quién. Pero había algo; deseo de un cuerpo tibio (¿qué es tibieza? Pregunta lanzada a todos, menos a sí mismo), deseo de tocar, gozar y (asombro del vampiro que comienza a ser vampiro) de alimentarse con esa vida (¿sangre? Sí, pero también miedo y voluntad ajena dominada). 
Quiso hacer un experimento (restos del pasado como vivo en su conciencia); tomó una Penthouse de su colección, ninguna mujer fotografiada le trasmitió nada. Comprobación; impulsos nuevos, imágenes sin información, condiciones de calor y presencia como algo fundamental en su vida (espíritu científico que conservó, abrió paréntesis). 
Hay dos opciones en la vida de un vampiro; condenarse a permanecer cada vez más disminuido (sin destruirse) o asumir su nueva condición, o matar y poseer. Optó por la segunda. 

-O- 

La calle es un mundo de posibilidades. En la oscuridad el vampiro acecha. A lo lejos unos pasos se dejan oír, se acercan. El vampiro alerta, siente a la mujer, se prepara a gozar. 
Esto es la vida, se dice, y ataca.

Monday, February 2, 2009

EL CRIMEN


Arturo Familiar

Ahí estaba ella, concentrada en sus asuntos; tanto que no notó mi presencia. Me acerqué sigilosamente, con el arma empuñada con la mano derecha; invertí un gran cuidado en cada paso. Cuando estuve cerca levanté el brazo con el arma y descargué el golpe brutal; su cadáver cayó ante mis pies. Finalmente, recogí su cuerpo con la cara del matamoscas y lo eché a la basura.

Saturday, January 10, 2009

TIMIDEZ


Arturo Familiar

Era un recuerdo tan tímido que se escondió en el olvido.

Monday, January 5, 2009

LOS HOMBRES DEL BOSQUE



Arturo Familiar

Todo vestigio de su cultura se ha perdido. El abandono y las catástrofes naturales acabaron con sus edificios, que debieron de ser asombrosos para nosotros, humildes habitantes del siglo XXI. Por eso, es poco lo que se sabe de ellos.

Juan Zamorano, arqueólogo y antropólogo, fundador de la reconocida Universidad de Chinicuila, en el estado mexicano de Michoacán, durante una plática en una palapa de las costas de Aquila, cerca de su Alma Mater, fue el primero en hablarme de ellos.
De principio pensé que las cervezas y la modorra que deja el clima de la costa, que el continuo resonar de las olas y la partida de dominó le habían liberado la imaginación. Pensé que se trataba de un cuento fantástico que él estaba inventando para entretener las largas horas del anochecer.
A la mañana siguiente, justo cuando desayunábamos, le pedí que me volviera a hablar de los Hombres del Bosque. Él me miró sorprendido y murmuró algo sobre viejas leyendas que era mejor olvidar.

Meses después, el trabajo me regresó a Aquila. El segundo día tuve unas horas libres, y decidí pasar a la Universidad de Chinicuila para consultar un texto sobre la conducta tribal de los chimpancés, producto de una investigación conjunta de la Universidad con el Instituto Tecnológico de Massachuset (MIT).
En la biblioteca me encontré a Sergio Monteverde, rector, desde hacía poco, de la Universidad. Al parecer se alegraba de verme, y me explicó por qué:
–Pensaba ir a buscarte a Morelia. Pero será mejor que vayamos a mi oficina.
No tiene mucho caso describir lo que vi en su oficina y no recuerdo gran cosa de lo que hablamos, pero debimos intercambiar opiniones de política, de etología y de antropología. Quizá también hablamos de nuestros proyectos y de libros.
Luego habló de Zamorano:
–Bien, la cosa es que parecía obsesionado con los Hombres del Bosque. Hace tres meses pidió su año sabático. La última noche que permaneció en Chinicuila cenamos juntos.
Al parecer, la plática entre ambos fue trivial, y por alguna razón salí yo a tema. Creo que fue Sergio Monteverde quien me mencionó y que Zamorano le comentó lo del juego de dominó.
A la mañana siguiente, al despedirse en la oficina del rector, Zamorano le dejó un paquete dirigido a mí, con la instrucción de que me lo entregara en caso de que a él le ocurriera algo.
–La cosa es que hace una semana fue asesinado en Nueva York. Según la policía el móvil fue el robo, pero yo creo que tuvo que ver con sus actividades, y creo que éstas se referían a los hombres del bosque.
Entonces me entregó el paquete.
Y bien, durante esa conversación con el rector de la Universidad de Chinicuila llegó a mí la historia más asombrosa sobre cualquier civilización que pudiera haber existido sobre el planeta, una civilización que tuvo el final más trágico.
La desaparición de esa civilización es un crimen en el que estamos involucrados todos, de la misma manera en que estamos todos involucrados en el asesinato de José Zamorano.
Me esperé hasta llegar a casa para abrir el paquete. Se trata de una bitácora sobre las investigaciones del antropólogo. Al principio, los textos son fríos, como los de cualquier investigador, y están centrados sobre la civilización de los Hombres del Bosque.
Sin embrago, las últimas páginas están repletas de referencias personales. Habla, por ejemplo, de la desaparición de James Wilhort, con quien realizó varias investigaciones sobre la cultura de los chimpancés y, últimamente, sobre los Hombres del Bosque.
No transcribiré lo que leí, en cambio hablaré de los Hombres del Bosque. Debo decir que todo lo que escribiré a continuación se basa en las investigaciones de Zamorano y de Wilhort.
Sus investigaciones están basadas en unos documentos encontrados en una cueva de Borneo. El material en que estaban escritos, la caja en que se encontraron y algunos objetos estaban elaborados con un material desconocido.
Zamorano supone que fueron creados para permanecer a través de los siglos con el único objeto de que quienes llegáramos después los conociéramos.
La datación por potasio argón demostró que tales vestigios tenían una antigüedad de tres millones de años. Eso sorprendió a los dos científicos; tales objetos antecedían a los primeros seres humanos por más de dos y medio millones de años.
En cuanto a la escritura, ni los caracteres, ni la gramática se parecían a ningunos hasta ahora conocidos; como podrá suponerse, la paleografía no fue suficiente. Eso no sorprendió tanto a los investigadores como la antigüedad del texto.
Fue necesario recurrir a los contactos; expertos en criptografía lo suficientemente cercanos como para aceptar un reto y como para tener confianza en que guardarían el secreto; no se consiguió a nadie que cubriera la segunda condición.
Sin embargo, se contó con un ex agente de la CIA, un experto en informática y un matemático ocioso. A cada uno de ellos se le brindó una copia de una parte del texto. Si lograban traducirlo, el resto lo podrían desencriptar los investigadores.
Y así fue. El texto se logró traducir. Lo que leyeron Zamorano y Wilhort (y que ahora me llega a mí de manera resumida) es sorprendente. Lo que escribiré a continuación se basa en especulaciones de ambos a partir de la traducción del texto.
Y es que lo que encontraron sólo habla de un lejano presente, el presente de los Hombres del Cielo, como ellos se llamaban a sí mismos, o los Hombres del Bosque, como los llamamos nosotros ahora.
Hace aproximadamente seis millones de años, mucho antes del surgimiento del homo sapiens, aparecieron los primeros seres inteligentes. Al parecer, igual que nuestros antepasados, surgieron en el centro de África, pero emigraron y se establecieron en el sudeste de Asia, en Sumatra y Borneo.
Ahí, cerca del mar, se creó la primera civilización. A diferencia de los homo erectus, los Hombres del Bosque no se expandieron por el viejo mundo.
No es difícil suponer su evolución: tecnologías primitivas, domesticación del fuego, mejoramiento de tecnologías, complejidad en sus relaciones sociales, domesticación de plantas, lengua escrita, grandes ciudades, recopilación de conocimientos.
Y es, precisamente en ese último rubro, en el que alcanzaron su máximo esplendor. Y es que, a decir de Zamorano, como los Hombres del Bosque no tuvieron una expansión continental como los homo sapiens, no hubo reencuentros que generaran guerras devastadoras.
Al parecer, las guerras entre ciudades estado eran más rituales que violentas; en general, los Hombres del Bosque eran pacíficos.
Melisa Heissner sugiere que nuestros antepasados se metieron en el mar, en donde evolucionaron. Por eso no tenemos pelo en el cuerpo. Los Hombres del Bosque no lo hicieron; siempre conservaron el pelo. Quizá su ropa era breve y simplemente decorativa.
Así, Zamorano y Wilhort suponen que su desarrollo tecnológico tuvo una dirección distinta a la humana. Creen, por ejemplo, que predominaban las herramientas agrícolas y los instrumentos de observación espacial. Para ellos, la filosofía era más importante que la tecnología.
Según los investigadores, el documento encontrado sugiere que los hombres del bosque eran monoteístas, pero la religión no chocaba con su exploración del universo.
Alguna vez supusieron que el universo había sido originado por una gigantesca explosión, y que las estrellas, el polvo cósmico, los planetas, ellos mismos y nosotros somos los vestigios de aquel gigantesco cataclismo universal que generó la materia, la energía y el tiempo.
Sin embargo, desecharon tal teoría por inapropiada. Si bien no desecharon la idea de una gran explosión cósmica, consideraban que no era más que una entre tantas. Ellos planteaban la existencia de un multiuniverso.
Conocieron el mundo y lo exploraron, pero al parecer el único lugar que les pareció digno de ser habitado permanentemente fue Borneo y Sumatra; en el documento hay referencias de lo que podría ser América, Australia e Inglaterra.

Parece ser que hace cuatro millones de años, los Hombres del Bosque abrazaron la idea de que la sabiduría consiste en conocerse a sí mismos, porque dentro de cada uno están todos los conocimientos; poco a poco el universo exterior dejó de interesarles.
Puede ser que los más jóvenes siguieron buscando la verdad en el mundo externo, pero al llegar a la madurez se encerraban, como sus padres, en sí mismos.

Los Hombres del Bosque terminaron por abandonar sus ciudades y dejaron de frecuentarse; las relaciones con los demás, consideraban, era una fuente de distracción. Para aislarse lo más posible subieron a los árboles.
A partir de entonces se alimentaron de plantas, raíces, huevos y, de vez en cuando, de reptiles que caían en sus manos. La tecnología fue abandonada y sólo conservaron lo más elemental para cubrirse de la lluvia, abanicarse, espantar a las moscas y obtener miel de los panales: hojas y pequeñas ramas.
Entonces dejaron de ser los Hombres del Cielo para transformarse en los Hombres del Bosque. Pero antes de que la transición se completara, antes de que el último miembro de su civilización emigrara a los bosques y abandonara las ciudades, uno de ellos dejó constancia de su existencia.
De sus ciudades no queda nada. Tampoco sabemos qué fue lo que descubrieron y cuál fue su tecnología. Y sin embargo, no se llevaron su conocimiento con ellos, porque ellos aún están con nosotros. O por lo menos, Zamorano y Wilhort suponían eso.
Desde la copa de los árboles, los Hombres del Bosque debieron ver a los homo erectus como a simples niños jugando a ser grandes. Y desde ahí debieron verlos evolucionar y convertirse en lo que somos nosotros. Quizá nos compadecieron.
Escribí que aún están con nosotros, pero no por mucho tiempo. Ellos pronto desparecerán si lo que supusieron Zamorano y Wilhort es cierto; nosotros, los seres humanos, los estamos exterminando y pronto habrán desaparecido.

Zamorano abandonó la Universidad de Chinicuila para intentar frenar el exterminio, pero afectó intereses. Creo que esa fue la historia del investigador mexicano. Creo también que por eso lo eliminaron y que la suya fue la suerte de Wilhort.
Y, de alguna manera, todos los demás somos responsables de la muerte de los investigadores y de la desaparición de los Hombres del Bosque. Quiero creer que la ignorancia puede redimirnos, pero no a todos.
Sus ciudades, que debieron ser asombrosas, han desaparecido; de su cultura sólo quedaba un vestigio, pero el documento, la caja que lo contenía y los objetos que dejaron están perdidos y, quizá, fueron destruidos. Ahora Ellos se están extinguiendo.
El nombre que se dieron cuando abandonaron sus ciudades para dedicarse a la meditación fue Hombres del Bosque. Sus vecinos humanos en Sumatra y Borneo aún los llaman así. En su lengua se dice Orangután.