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Monday, September 7, 2009

NADA QUE VER CON PETER BLADES

MICHELLE LOPEZ

Camino por un callejón oscuro y vacío; de la coladera sale un viento con color a violencia y olor a sope podrido que se adueña de mi olfato. Traigo puesta mi gabardina de color indiferente y mis botas verdes, que mi madre me intercambió por un viaje a Guanajuato... Pero ya estoy divagando. Al final del callejón hay un tugurio de mala muerte donde me citaste. No sé porqué tú, el amor de mi vida, con cabello y ojos perfectos, decidiste reencontrarme justamente hoy, después de veinticuatro años, tres meses, catorce días y siete horas.

Miro al cielo y cae sobre mi ceja la primera gota de lluvia, que se mezcla con mi llanto y corre hasta poder saborearla. Camino firme y escucho unos pasos. Percibo que el sonido es pesado. Imagino que es de un sujeto que calza del nueve y tiene pie plano. Toca mi hombro, giro. Trato de observarlo, ya que la penumbra no me permite enfocarlo, pero mi mente se turba, titubeo y termino apuñalándolo. Esculco su billetera, que es café, con una mancha que parece de vino tinto y roída por uno o varios ratones.

Algo de culpa inconsciente se adueña de mí, así que decido echar un vistazo a su identificación. ¡Oh! Pero si es el novio de mi abuela: “Bonifacio Huerta Mendoza”. Me levanto, ya que me es indiferente, y continúo mi camino, sólo que ahora me acompaña la sombra de mi víctima.

Prendo un cigarrillo que juega nerviosamente sobre mis labios y en el humo te veo. A cien pasos de la puerta del tugurio llamado Cantina La Clementina tres tipos de 1.90 me cierran el paso. Quieren mi mochila, donde traigo la plata que me pediste y que yo, aunque soy un escritor poco reconocido, logré conseguir. Se las niego y uno de ellos extrae de su chaqueta un revólver con el que me dispara. Ya no siento la lluvia, el frío que se adueñaba de mi piel ni el dolor que me causaba no tenerte aquí.

Violentamente, como los vándalos que son, toman mi mochila y la billetera. Al mismo tiempo, mi carne herida cae bruscamente y mi rostro golpea el asfalto.

Me percato de tu perfecta silueta, a lo lejos, que viene en mi auxilio, pero no sé si es una alucinación, porque mis extremidades ya no me obedecen y las fuerzas me abandonan.

Miro mi cuerpo. Tú viniendo hacia mí como tantas veces lo deseé. Los segundos se van como agua corriendo por un lago, y los delincuentes se alejan velozmente mientras mi espíritu se despide de mis despojos humanos y se dirige a mi siguiente aventura. En otra vida.