
La puerta se abrió de nuevo. Ella entró sin contratiempos. Dejó las bolsas del supermercado en la mesa y desapareció.
Me aparté de la ventana y fui a mi escritorio, a punto de jubilarse de tan viejo. En mi laptop un mensaje decía: Fallo en el sistema 22-B.
Moví un par de veces mis manos sobre el teclado y el mensaje desapareció; en su lugar, uno nuevo recitaba en letras verdes fosforescentes: Código aceptado.
Regresé a la ventana. Un piso abajo, en el edificio de enfrente, la chica aparecerió de nuevo, pero esta vez en su cuarto, a un costado de su cama. Se quitó la blusa con un solo movimiento. Dio media vuelta; la espalda a la calle. Tomó la tela del pantalón y se agachó un par de grados para deslizar los hilos de mezclilla por su terso trasero, donde, en ese momento, se dibujó un perfecto corazón. La ropa interior de encaje le quedaba fabulosa.
A lo lejos, un timbre retumbó en su apartamento.
—Un momento— leí en sus labios.
Rápidamente, un vestido negro tapó su liso y posiblemente suave vientre. Era un vestido de noche.
Ella se asomó debajo de la cama y sacó una pequeña caja de galletas. Un cuchillo que puso en el liguero de su vestimenta y ocultó con la falda. Atendió la puerta, tomó las llaves y se fue.
Me concentré en mi trabajo hasta la madrugada frente a mi computadora. Cerca de las tres de la mañana decidí estirarme frente a la ventana, tomar el aire fresco de la noche. Mi memoria evocó el cuchillo en el liguero tocando la pierna torneada de la chica.

En aquel momento, la luz de de su apartamento se encendió. La chica entró acompañada de un joven.
Se besaban apasionadamente. Ella lo condujo a su cuarto, lo tiró sobre las sábanas con ambas manos.
Recorrió el cierre del vestido. Nuevamente pude ver aquel modelito tan bello. Desabrochó su sostén y él la tomó de la cintura para acercarla a su cuerpo. Besaba sus pechos con delicadeza.
¡Bip!
La computadora.
Transacción completa, decía el monitor mientras, en la esquina, el escudo de un banco de las islas Caimán saltaba a la vista. Abajo se leía: Cantidad: 2, 000,000.00 MDD.
Volví la mirada a la habitación de ella. Bajo las sábanas, dos cabezas asomaban como arbustos oscuros.
El trajín en su cama era constante e irregular. Ella gimió estrepitosamente. La sábana había dejado de moverse.
La joven salió de la cama y se dirigió a una silla que estaba pegada a la ventana, su vestido aguardaba allí como la segunda piel de una fiera. Esculcó un poco, sacó el cuchillo y lo ocultó tras su espalda.
Le había dicho algo al tipo que no alcancé a leer en sus labios. Se trepó de nueva cuenta sobre el hombre con una sonrisa divertida. Súbitamente le gritó, furiosa:
—¡Hijo de perra!— entendí esta vez.
Al instante, alzó el cuchillo sobre su cabeza. El tipo se disponía a gritar cuando el objeto le atravesó de lado a lado la garganta.
La chica se acercó a la ventana. De su vestido sacó un cigarrillo.
Ella gritaba y golpeaba la ventana con desesperación. El, situado a sus espaldas, comenzó a penetrarla con violencia desinteresada.
Una lágrima cayó del ojo derecho de la mujer.

— ¡Tengo que ayudarla! — me dije, pero mis piernas no respondieron. No pude apartar la mirada de ella. En sus movimientos desesperados la mujer se volvió y me vio.
¿Lo hizo? ¿Ella me vio?
No lo sé.
¡Bip!
La maldita computadora.
El mensaje decía: Equipo en proceso de detección.
Debí desactivar el programa y ponerme en marcha para evitar ser atrapado, pero no pude. No quité la mirada de aquel sollozo apagado por la distancia y el cristal. Minutos después, el acto terminó con la misma violencia con la que había empezado. La chica se hallaba en la esquina de su habitación, asustada y envuelta en llanto, con la cabeza entre los brazos cruzados.
Así pasaron horas en las que ella y yo intercambiamos largas miradas.
En la noche, tres hombres entraron a su apartamento. Ella no se había movido de su lugar. La encontraron sin menor problema. Los que se hallaban a los lados sacaron sus armas de los sacos.
El de en medio habló. Ella suplicaba y hasta besó los zapatos del tipo. Él le correspondió con un zapatazo en la cara que le abrió una herida en la mejilla.
¡Toc, toc, toc!
Alguien tocó a mi puerta. Cuando me acerqué para abrir, diez hombres uniformados entraron.
—¡FBI!—me dijo uno—. ¡Las manos en la nuca!
Todos me apuntaban con sus armas.
—¡Esperen, van a matar a una muchacha en el edificio de enfrente! —grité.
Tres hombres se asomaron cuidadosamente mientras los demás no dejaban de apuntarme. Todos miraron al que parecía ser el jefe de la misión.
Corrí a la ventana con el riesgo de que me balearan. La chica estaba contra la pared aún suplicando por su vida. Los hombres abrieron fuego contra la joven, quien se retorcía al son del plomo entrando en su cuerpo. La pared se había manchado de rojo intenso.
—¡No!—grité al tiempo de que estiraba la mano en dirección a su apartamento.
El peso me ganó la partida. Caí cuatro pisos.
En la mesa mi laptop parpadeó y fue visible otro mensaje.
Batería al 5%. Tiempo restante, dos minutos.
Dos minutos después, se apagó.
